Jóvenes en busca de un mejor futuro.
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En distintas partes del mundo, miles de jóvenes han salido a las calles para manifestar su inconformidad con la realidad que les ha tocado vivir. Desde las protestas estudiantiles en Europa hasta las movilizaciones políticas en América Latina, parece que las nuevas generaciones están dejando claro que no están dispuestas a permanecer indiferentes frente a las decisiones que afectan su futuro.
Y es que, ¿cómo no cuestionar un sistema que les exige prepararse, trabajar y esforzarse, pero que cada vez les ofrece menos oportunidades para construir una vida digna?
En países como Serbia, Francia e Italia, las manifestaciones juveniles han puesto sobre la mesa temas como la corrupción, la desigualdad, el acceso a la vivienda y la incertidumbre económica. Algunas protestas han terminado en enfrentamientos y disturbios, pero sería un error quedarse únicamente con esas imágenes sin preguntarnos qué está llevando a tantos jóvenes a expresar su descontento.
En América Latina también hemos visto cómo la participación de las nuevas generaciones puede influir en la conversación política. Durante las elecciones presidenciales de Brasil en 2022, que dieron el triunfo a Lula da Silva, las redes sociales se convirtieron en uno de los principales escenarios de disputa. La circulación de información falsa en plataformas como Facebook, Instagram y WhatsApp hizo evidente la importancia de contar con ciudadanos capaces de cuestionar lo que consumen y comparten.
En ese contexto, jóvenes, periodistas y organizaciones civiles participaron en iniciativas para combatir la desinformación mediante el llamado “meta no se meta”. Un recordatorio de que las mismas herramientas que pueden utilizarse para manipular también pueden servir para informar, organizar y movilizar.
Pero ¿qué está pasando en México? Las movilizaciones de jóvenes que hemos visto en nuestro país también nos obligan a reflexionar sobre el papel que están desempeñando las nuevas generaciones. Más allá de las simpatías políticas, resulta preocupante que cualquier manifestación pueda descalificarse por no coincidir con la postura de quienes están en el poder o, por el contrario, utilizarse para impulsar intereses partidistas.
Tampoco podemos asumir que todo lo que se presenta como una movilización juvenil representa necesariamente a una generación entera. Los jóvenes no piensan igual, no tienen las mismas preocupaciones y mucho menos comparten una sola postura política.
Lo que sí comparten muchos de ellos es la incertidumbre frente al futuro: la dificultad para acceder a una vivienda, la precariedad laboral, la inseguridad y la sensación de que, por más que se esfuercen, alcanzar una estabilidad económica será mucho más complicado que para generaciones anteriores.
En México, las cifras ayudan a entender parte de este descontento. De acuerdo con el INEGI, durante el primer trimestre de 2026, el 54.8% de la población ocupada trabajaba en la informalidad. Es cierto que el indicador ha mejorado, pero sigue siendo preocupante que más de la mitad de quienes trabajan lo hagan sin las condiciones de un empleo formal. ¿Qué futuro pueden construir los jóvenes cuando conseguir un trabajo no necesariamente significa alcanzar estabilidad económica?
A esto se suma otro problema: la disputa por la información.Esta sin duda es una generación con acceso a la información que ninguna otra tuvo a su edad, pero también está expuesta a la manipulación de los algoritmos, las noticias falsas y los intereses económicos de las plataformas digitales.
Aquí las universidades tienen una responsabilidad que va más allá de formar profesionistas competitivos. ¿De qué sirve hablar de liderazgo, ciudadanía o responsabilidad social si no estamos formando estudiantes capaces de cuestionar las decisiones de sus gobiernos? La educación no debería formar seguidores de una ideología, sino ciudadanos con argumentos para cuestionar cualquier idea.
También habría que preguntarnos por qué algunas voces políticas celebran las manifestaciones juveniles cuando les resultan convenientes, pero las desacreditan cuando se dirigen contra ellas. La legitimidad de una protesta no puede depender de quién gobierna ni de quién convoca.
Los jóvenes no necesitan que los gobiernos les expliquen cómo deben participar en la democracia. Necesitan instituciones que respondan a sus demandas, oportunidades reales de desarrollo y espacios donde sus opiniones tengan consecuencias más allá de una publicación en redes sociales. Porque si algo nos recuerdan los movimientos en otros países es la necesidad de considerar las exigencias de quienes tendrán que hacer frente a la incertidumbre del futuro.

