El problema no es la IA, son las estructuras detrás.
¿Qué idea te asusta más? ¿Un mundo donde los humanos podemos ser fácilmente descartados o uno donde las máquinas ya tienen el control y ni siquiera somos conscientes de ello?, en Terminator o en Matrix hablamos de escenarios apocalípticos, cinematográficos, sin embargo, hoy nos enfrentamos a un panorama que, si bien tiene relación a este mismo control, es más sutil y cada día se vuelve más tangible entre millones de búsquedas y respuestas que aceptamos sin cuestionar.
Porque la inteligencia artificial no existe en una nube etérea. Para responder una pregunta necesita servidores; los servidores necesitan centros de datos; los centros de datos necesitan electricidad, agua, minerales, territorio, infraestructura y capital. Y detrás de todo ello existen empresas, gobiernos e intereses económicos, esto último es uno de los puntos de alerta donde menos atención estamos enfocando.
Los centros de datos consumieron en 2024 mas del 1.5% de la electricidad de todo el mundo, el uso de los mismos aumentó al doble en 2025 y se estima que para 2030 el consumo total de electricidad podría más que duplicarse pues ha incrementado drásticamente por el uso exagerado de la IA. Ante eso resulta curioso que lo que alojamos en la nube en realidad consume desmedidamente a la tierra.
Este fenómeno ha preocupado incluso al papa León XIV, quien dedicó parte de su encíclica a hablar sobre el uso de este recurso sin cuestionarnos hacia dónde queremos dirigirla y es que en realidad pareciera que la dirección es inversa, uno de los riesgos más grandes son las estructuras detrás, la operación que recibimos sin cuestionar o verificar si los datos obtenidos son verídicos y hacia qué orientaciones nos llevan.
La IA no tiene una ideología propia. No es de derecha ni de izquierda, no tiene ambiciones políticas y tampoco sabemos que tenga deseos de controlarnos. Pero sí puede amplificar las estructuras de quienes la controlan y quienes la han creado. Esta herramienta representa un arma poderosa al moldear opiniones a través de datos y fuentes que rara vez se cuestionan o corroboran.
Y poder está concentrado. De acuerdo con el AI Index 2026 de Stanford, más del 90% de los modelos de IA considerados notables en 2025 fueron desarrollados por la industria. Algunos de los sistemas más capaces son, además, los menos transparentes respecto de sus datos y procesos de entrenamiento, si bien empresas como OPEN IA han hablado de la rebeldía y fugas de sus modelos, ¿cuáles son todos los sucesos que en realidad desconocemos?
Por eso quizá estamos mirando hacia el lugar equivocado cuando imaginamos el peligro. Naomi Klein y Astra Taylor han planteado recientemente el regreso del fascismo en el fin de los tiempos y no necesariamente un regreso idéntico a los fascismos del siglo XX, sino la reaparición de ciertas estructuras de concentración de poder, construcción de enemigos y abandono de soluciones colectivas frente a las crisis. En ese escenario, la tecnología puede convertirse en un amplificador extraordinario.
Un gobierno puede utilizar IA para mejorar servicios públicos, pero también para perfeccionar sistemas de vigilancia. Una empresa puede utilizarla para democratizar conocimiento, pero también para concentrarlo. Un ciudadano puede utilizarla para ampliar su pensamiento o, por comodidad, dejar que piense por él.
Y como ejemplo del último punto están los resultados de la prueba de PISA 2022, donde se comprobó que los dispositivos móviles pueden generar una distracción cuando se usan en exceso pues estamos delegando en ellos gran parte de nuestros procesos cognitivos.
Cada día preguntamos, copiamos, resumimos, generamos y aceptamos respuestas. Ahorramos minutos, evitamos procesos y poco a poco entregamos pequeñas decisiones a sistemas que apenas comenzamos a comprender. No porque alguien nos obligue, sino porque es cómodo.
Por eso tal vez el futuro no se parezca a Terminator. Las máquinas no necesitan declararnos la guerra si hemos entregado nuestro mundo voluntariamente y tampoco vivimos bajo una Matrix desconocida, de manera consciente hemos abonado a la construcción de un mundo cada vez más distante, creando un código que de momento es cómodo, pero sin pensar en las consecuencias que poco a poco empiezan a mandar alertas.

