El 8M: una conmemoración que empodera a la mujer.
En Contraste
Por: Oscar Coria Reyes
El 8M: una conmemoración que empodera a la mujer, pero que también confronta.
La conmemoración del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, se ha convertido en un referente mundial en la lucha de las mujeres por mejores espacios, igualdad laboral y el reconocimiento pleno de sus derechos.
Sin embargo, también es una fecha que confronta realidades.
Por un lado, miles de mujeres alzan la voz, generan conciencia, impulsan cambios y buscan abrir más oportunidades para el empoderamiento femenino. Son mujeres que, desde distintos ámbitos, académico, social, laboral o político, trabajan todos los días para construir una sociedad más justa e igualitaria.
Pero también existe otro sector que utiliza esta fecha para realizar marchas y manifestaciones que, si bien son legítimas dentro del derecho a la libre expresión, en muchos casos han derivado en actos de vandalismo irracional que terminan enviando mensajes de odio, no solo hacia el género masculino, sino hacia instituciones e incluso hacia otras mujeres.
Mujeres que, amparadas en su derecho a manifestarse, distorsionan el objetivo original de estas movilizaciones al violentar propiedad pública y privada, así como a personas que nada tienen que ver con las causas que dicen defender.
En muchas ocasiones, encapuchadas, ejercen violencia contra todo lo que encuentran a su paso: pintas, destrucción de cristales, señalamientos y exhibiciones públicas contra hombres, mujeres, funcionarios e instituciones, muchas veces sin argumentos claros, solo bajo el amparo del anonimato.
La entidad veracruzana no ha estado exenta de estas expresiones. En varias de sus principales ciudades, negocios y edificios públicos deben ser protegidos ante el temor de convertirse en blanco de ataques durante las marchas. Esta situación ha generado también voces de rechazo, incluso de las propias mujeres, quienes consideran que la forma de conmemorar el 8M no debe ser a través de la violencia, sino mediante acciones que realmente impulsen y fortalezcan a las mujeres.
Porque una cosa es el feminismo, un movimiento legítimo de lucha por la igualdad, y otra muy distinta es utilizar esa bandera para acusar, difamar o señalar indiscriminadamente, no solo a hombres, sino incluso a otras mujeres.
En Veracruz también existen casos de un falso “feminismo” dentro del ámbito público. Algunas funcionarias recurren al argumento de la violencia política de género para intentar frenar cualquier crítica o señalamiento a su desempeño, cuando en realidad el ejercicio de la función pública implica estar sujeto al escrutinio ciudadano. No toda crítica es violencia.
Pero también hay otra realidad que pocas veces se menciona: mujeres que son violentadas en sus centros de trabajo, especialmente dentro de la administración pública, por otras mujeres. Funcionarias que, una vez empoderadas por el cargo, terminan replicando prácticas de abuso contra sus propias compañeras o subordinadas.
Chismes, hostigamiento laboral, acusaciones sin sustento o simples actos de intimidación se convierten en herramientas de poder para quienes se saben protegidas no por el movimiento feminista, sino por alguien con mayor poder político: un superior, un titular de dependencia, o alguna figura dentro del gobierno estatal o municipal.
Ahí el feminismo desaparece, ahí ya no hay sororidad, ni discurso de igualdad, ni defensa de derechos. Solo poder.
Así, paradójicamente, quienes deberían garantizar la protección y defensa de otras mujeres terminan dejándolas en la indefensión.
El verdadero reto del 8M no es solo marchar, ni gritar consignas. Es construir una lucha coherente, justa y congruente, donde la exigencia de respeto y derechos no se convierta en violencia ni en instrumento de poder.
Por eso el 8M también debería ser un día para reflexionar con honestidad.
Porque mientras unas luchan verdaderamente por abrir camino, otras están usando esa misma lucha como bandera de impunidad, confrontación o conveniencia política.
Y eso también es una forma de traicionar la causa.
La lucha de las mujeres merece respeto, merece congruencia.
Porque empoderar a las mujeres también implica responsabilidad.
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