LA REPRESA DE LA HACIENDA LA CUCHILLA
Hasta donde yo sé, la Hacienda de La Cuchilla perteneció a don Prudencio Solleiro, pero que en la década de los setentas del siglo XIX se la hipotecó a don José Fernández recién llegado de Brownsville Texas con la temeraria idea de construir un teatro.
Sueños de un loco, benditos sueños, pues gracias a esa terquedad el teatro Solleiro es una da las edificaciones icónicas de la ciudad y de la que nos enorgullecemos.
Lamentablemente don Prudencio no pudo reunir el dinero de la hipoteca y la propiedad pasó a manos de don José Fernández.
La otra tragedia es que ya no tuvo dinero para terminarlo y tuvo que venderlo, pero lo peor fue que ya no pudo verlo terminado pues murió antes de que el nuevo comprador lo inaugurara.
Cosas de la vida.
Al morir don José la propiedad pasó a manos de su hijo Guillermo quien transformó la tradicional forma de beneficiar el café y logró introducir maquinaria que fue traída desde la estación del ferrocarril de Camarón a lomo de bestias y fuerzas de brazos.
Para el manejo de la incipiente industria era necesaria el agua y para ello construyeron una represa para almacenar el vital líquido, construyeron canales y entubaron otros manantiales para que no hubiera escasez.
La muestra gráfica de México Fotográfico nos muestra el embalse, un canal, la compuerta para regular el volumen del agua y al fondo las instalaciones de La Cuchilla.
Porque la Cuchilla se transformó en una verdadera industria donde además de procesar el café se fabricaba, hielo, paletas, refrescos y cervezas.
Cuantas veces, en nuestras andanzas juveniles cruzábamos el puente de madera donde también estaba construida una galera con extraños artefactos abandonados como toneles y maquinaria.
También recuerdo un enorme tanque donde caía un gran chorro de agua y que se recomendaba a las personas que sufrían de nervios ir a tomar baños bajo el pesado golpe de aquella chorrera.
Los movimientos sociales, la reforma agraria, el nacimiento de los ejidos acabaron con ésta y otras propiedades productivas, pero aún existen sus ruinas.
Esas ruinas que en nuestra adolescencia generaban sueños y expectativas y que nos permitían vivir grandes aventuras.
Por cierto, yo nunca aprendí a nadar, pero eran muchos los muchachos que acudían a la represa a divertirse y a nadar en sus aguas.

