Los nombres importan: más allá de Cornell
De más está hacer una cronología de los hechos que han puesto en el foco a una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos: Cornell. Una mujer denuncia haber sido agredida sexualmente; siete hombres son señalados en una demanda civil y, casi dos años después, seguimos preguntándonos si las instituciones que debían protegerla hicieron lo suficiente, sin mencionar que casi 60 hombres supieron del hecho y nadie hizo nada.
El caso data de 2024, pero gracias al trabajo de la periodista estudiantil Cereese Qusba y del equipo de The Cornell Daily Sun, adquirió una dimensión pública que trascendió el campus. El consejo editorial tomó además una decisión contundente: publicar juntos los nombres de los siete hombres señalados en la demanda. La historia resuena porque parece repetirse una y otra vez con distintos nombres. En esta ocasión, la denunciante ha protegido su identidad bajo el pseudónimo Jane Doe. Hay quienes buscan descubrir quién es, pero ¿por qué insistimos en exhibir a la víctima?
La respuesta social fue contundente. Bajo la frase “I am Jane Doe”, múltiples personas comenzaron a compartir historias de violencia y a utilizar el mismo nombre, tanto como gesto de solidaridad como para dificultar los intentos de identificarla. Mientras tanto, nombrar a los señalados adquiere otro significado: hacer visible quién aparece en una acusación pública y recordar que la vergüenza tiene que cambiar de bando.
Matthew Ingalls, Jonathan Newell, Winston Lee, Gillio Lopes, Diego Sarabia, Scott Norris y Scott Kretzschmar son los siete hombres señalados en la demanda. Es importante mencionar que aún no existe una condena penal y hay quienes han negado las acusaciones, alegando incluso que hubo consentimiento, sin embargo, las filtraciones del chat ponen esa versión en duda. Pese a lo mostrado públicamente Cornell rechaza que escribir ensayos haya sido la única consecuencia, asegura que hubo suspensiones y expulsiones, pero aquí la exigencia social ha cobrado relevancia dando total respaldo a la víctima y evidenciando irregularidades en el proceso que ahora con un nuevo foco puede establecer otras responsabilidades.
Hoy hablamos de Cornell, pero sería cómodo pensar que el problema se limita a este nombre. Pues, aunque en esta institución se reportó en 2025 que 35% de las mujeres de licenciatura que respondieron su encuesta había experimentado contacto sexual no consentido desde su ingreso, lo cierto es que la violencia sexual universitaria no conoce fronteras. Investigaciones en México, Chile, Colombia y Brasil han documentado acoso, hostigamiento y agresiones en espacios educativos. En México, la ENDIREH 2021 estimó que 15.1% de las mujeres de 15 a 24 años que asistieron a la escuela durante el año previo experimentó violencia sexual en ese ámbito. El dato obliga a abandonar la distancia cómoda: esto no ocurre solamente en fraternidades estadounidenses.
La antropóloga argentina Rita Segato ofrece una clave para comprenderlo. Ha advertido que incluso los espacios habitados por personas supuestamente más ilustradas y formadas están atravesados por violencia machista. Su reflexión sobre el “mandato de masculinidad” obliga a mirar más allá del agresor individual: hay grupos que enseñan a demostrar poder, compañeros que celebran, otros que observan y muchos que callan. La violencia también se sostiene mediante complicidades.
Las universidades tampoco son estructuras neutrales. Cuando una institución privilegia su reputación, minimiza denuncias, vuelve opacos sus procedimientos e incluso dificulta los procesos para las víctimas, esto hace que las personas terminen eligiendo no denunciar. Cuando el silencio protege a los agresores, el problema también está en el sistema.
En Cornell, la presión de estudiantes, periodistas, egresados y miles de personas en redes cambió la dimensión del caso. La investigación penal fue retomada, se designó una fiscal especial y la universidad aceptó una revisión independiente de su actuación. Esto demuestra el cambio de narrativas cuando el caso adquiere dimensiones públicas, no obstante, hay muchas otras historias que prevalecen en el anonimato y quizás por ello carecen de la justicia debida.
Hoy importa proteger a Jane Doe, exhibir a quienes fueron señalados, pero también nombrar a las instituciones cuando fallan. Hoy se llama Cornell, pero la realidad está presente en universidades y otros espacios públicos donde la idea de ejercer control sobre los cuerpos de otros sigue latente.
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